Frivolizar con la legitimidad del acoso en la calle a los políticos que dicen cosas que no nos gustan reabre las puertas a las maneras despóticas e incontroladas del Lejano Oeste
en el debate de la investidura de Feijóo tiene un punto y hasta un buen pedazo de razón: rebajaba así la relevancia institucional de la sesión
al no ser el actual presidente en funciones quien diese la réplica al candidato popular. O, peor aún, escogía a un personaje destacado por su solvencia retórica en el debate parlamentario, la contundencia de sus argumentos, la transparencia de su palabra y hasta la temeridad de algunas de sus ironías sarcásticas al límite del efecto bumerán.
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